El Mercado de San Miguel

El Mercado de San Miguel: Entre Turistas, Gambas y Recuerdos de Hojalata

Confieso que durante años evité el Mercado de San Miguel. Para mí, que llevo toda la vida en Madrid, era esa trampa para turistas de la que siempre huía. Demasiada gente, precios de sofoco y esa sensación de que nada de lo que pasaba allí era real, era todo un decorado de cartón piedra para selfies y cafés de sobreprecio.

Menudo error el mío.

Un jueves de diciembre, con la Plaza Mayor casi vacía por el frío y un viento que cortaba la cara, me refugié allí casi sin querer. Y entonces lo entendí. No, no es el mercado de abastos al que iba mi abuela con su carrito de la compra. Es otra cosa. Es un teatro, sí, pero un teatro donde el telón de fondo lleva levantado más de cien años y los actores principales son gambas de Huelva, caldos de Jerez y quesos que huelen a establo limpio.

Cuando el Hierro y el Cristal Llegaron para Quedarse

A veces me paro a mirar la fachada, esa estructura de hierro que hoy nos parece tan natural en el paisaje, y pienso en lo rompedora que tuvo que ser en 1916. Imagínate la escena. El Madrid de principios de siglo, con sus calles estrechas y sus tenderetes al aire libre donde las moscas campaban a sus anchas. De repente, un arquitecto llamado Alfonso Dubé y Díez vuelve la mirada a París, a esos pabellones de Les Halles que eran la última moda, y dice: «Vamos a hacer lo mismo, pero aquí, en la Plaza de San Miguel».

El lugar no se eligió por casualidad. Resulta que donde hoy se levanta el mercado hubo una iglesia, la de San Miguel de los Octoes. Y no una iglesia cualquiera, ojo. Allí bautizaron a Lope de Vega. Ahora, cada vez que paso por la plaza me gusta pensar que el Fénix de los Ingenios, con su vida tan alocada y genial, estaría orgulloso de ver el jaleo que se monta en lo que fue su parroquia.

La iglesia la tiró José Bonaparte, que en su afán de «modernizar» Madrid se cargó conventos y templos como quien quita muebles viejos. Durante décadas, el solar fue un mercado cutre de cajones de madera donde se vendía pescado. Hasta que llegó el hierro. Ese edificio de hierro y cristal que hoy nos protege del frío y del calor fue un prodigio de modernidad: luz natural, ventilación, higiene. Era el futuro.

Lo Bueno, lo Malo y lo Caro: Mi Experiencia Sobre el Terreno

Vale, hablemos sin tapujos. El Mercado de San Miguel es caro. Punto. Te pongo un ejemplo: el otro día, por una minúscula copa de vino y una cucharilla de salmorejo (riquísimo, eso sí), solté casi ocho euros. Y piensas: «¿Esto es Madrid o es Copenhague?».

Pero también piensas otra cosa. Pagas el pase, el espectáculo. Pagas por estar de pie en una barra alta, junto a un japonés que se acaba de tomar su primera aceituna rellena y pone cara de éxtasis. Pagas por tener a un tío cortando jamón como si esculpiera, con una parsimonia que te obliga a respirar hondo. Es un lujo, sí, pero un luto democrático, porque al final todo el mundo cabe.

Mis puestos de cabecera han ido cambiando con los años. Al principio solo iba a por ostras, a ese puesto de Daniel Sorlut que las trae directamente de gallegas y francesas. Hay algo casi obsceno en tragarse una ostra viva mientras miras a la gente pasar. Luego descubrí los ahumados de Domínguez, y ya no hay vuelta atrás. Ese salmón con ese punto justo de enebro…

Pero si hay algo que me reconcilia siempre con el mercado son los puestos más castizos. La Casa del Bacalao, con ese olor que te transporta al puerto de Bilbao. O las croquetas. Porque en Madrid, amigo, una croqueta es cosa seria, y aquí las hacen cremosas por dentro, crujientes por fuera, con un jamón que se deshace en la boca sin hacer ruido.

La Vida Alrededor: Cómo No Perderse

Una de las cosas que más me gusta recomendar a los que vienen de fuera es que no se queden solo en el mercado. Vale, entra, come, déjate el dinero, pero luego sal y camina dos minutos. Apenas separado por un soportal está la Plaza Mayor. Y ya puestos, sigue calle arriba y te plantas en la Calle Mayor, o te desvías hacia la Latina.

Si vas con niños, que sepas que es un caos. Los carritos no caben, la gente se agolpa y los peques se aburren soberanamente mientras tú miras jamones. Pero si vas con amigos, es otro cantar. El plan perfecto es caer por allí sobre las doce de la mañana, antes de que el hambre apriete de verdad. Pedir una caña en la barra de fuera, un par de vermuts de grifo y empezar a picar sin prisa.

El otro día llevé a unos amigos extremeños que nunca habían pisado Madrid. Se quedaron con la boca abierta, y no solo por la comida. Les flipó la luz. Ese tragaluz que cruza el techo, esa claridad que baña los puestos y hace que los colores parezcan más vivos. «Parece un invernadero de comida», dijo uno. Y sí, es la metáfora perfecta. Es un invernadero donde se cultivan sabores, donde el producto crece en su esplendor antes de ser devorado.

Si os animáis a ir, y ya que estamos en plan ruta, no dejéis de echar un vistazo a esta otra guía con planes gratuitos en Madrid para cuando os hayáis fundido la pasta en San Miguel. Y si la historia os tira más, os recomiendo este artículo sobre los mejores miradores de Madrid para ver la ciudad desde las alturas y entender por qué esta ciudad, con sus mercados y sus cuestas, es tan especial.

El Dilema de Siempre

Me preguntan mucho: ¿es para turistas o para madrileños? Y siempre respondo lo mismo. Es para los dos. Es verdad que los que vivimos aquí no vamos a hacer la compra de la semana, eso desde luego. Pero vamos a celebrar, a quedar con alguien que viene de fuera, a tomarnos algo bonito un día que nos apetece mimarnos. Y los turistas… bueno, los turistas se llevan un pedazo de Madrid en el paladar.

A veces, cuando salgo y veo la cola para entrar, me entran otra vez las dudas. Pero entonces recuerdo el frío de aquel jueves de diciembre, el bullicio acogedor, el camarero que me recomendó un vino sin que yo se lo pidiera, y pienso: joder, qué suerte tener esto a diez minutos de casa.

El Mercado de San Miguel no es perfecto. Es caro, está masificado y a veces cuesta encontrar un hueco donde apoyar la copa. Pero es nuestro. Es de Madrid. Y cien años después de aquella primera piedra, con su hierro oxidándose poquito a poco y sus cristales empañados por el aliento de miles de visitantes, sigue siendo el mejor escaparate del mundo para asomarse a lo que comemos, bebemos y, en el fondo, somos.

Ubicación: Plaza de San Miguel, s/n, 28005 Madrid.
Cómo llegar: Metro Sol (L1, L2, L3) u Ópera (L2, L5, Ramal). Autobuses: 3, 31, 50, 65.
Horario: Domingos a miércoles de 10:00 a 00:00. Jueves a sábado de 10:00 a 01:00.

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