catedral almudena

La Almudena, la catedral que se hizo esperar (y por fin llegó a tiempo)

A veces pienso que Madrid ha sido siempre una ciudad un poco atípica. Durante siglos, fue la única capital de Europa que no tuvo catedral. Y no porque a los madrileños no nos gustara la idea, sino porque las cosas aquí siempre se han hecho con calma, sin prisas, como quien deja reposar la comida para que coja sabor. La historia de la Catedral de la Almudena es un poco eso: la historia de una espera larguísima, de sueños que empezaron y se pararon, de guerras que lo dejaron todo en pausa y, al final, de una alegría compartida que llegó cuando nadie la esperaba.

Si alguna vez has paseado por la zona de Palacio Real, seguro que te ha pasado lo mismo que a mí la primera vez. Estás ahí, mirando la fachada enorme y elegante del Palacio, y de repente giras la cabeza y ahí está ella. La catedral. Como si llevara toda la vida en ese sitio, como si siempre hubiera formado parte del paisaje. Pero no. Lo curioso es que esa imagen que hoy nos parece tan natural, tan de postal, es en realidad bastante reciente. Mi abuela, que ya tiene una edad, siempre me cuenta que cuando ella era pequeña, eso era un solar con cuatro paredes a medio hacer y mucho escombro alrededor.

Cuando la patrona vivía en una iglesia pequeña

Para entender bien lo que significa la Almudena, hay que retroceder muchos siglos. Cuenta la leyenda, y a mí me gusta creérmela, que la Virgen llegó a Madrid escondida en el interior de la muralla árabe. La imagen estuvo allí, protegida por piedras, durante siglos, hasta que alguien la encontró. De ahí viene precisamente su nombre: Almudena, que dicen que tiene que ver con la muralla o con un depósito de agua, aunque los historiadores no se ponen del todo de acuerdo. A mí lo que me gusta es la idea de que estuvo escondida, esperando, como luego lo haría la propia catedral.

Durante muchísimo tiempo, la patrona de Madrid tuvo su casa en una iglesia que estaba en la calle Mayor, cerca de la Plaza de la Villa. Era la iglesia de Santa María, un templo modesto pero muy querido. Yo no llegué a conocerla, porque la derribaron a finales del siglo XIX, pero he visto fotos antiguas y tenía ese encanto de las cosas pequeñas, de las que no necesitan grandezas para ser importantes. El caso es que un buen día decidieron tirarla, y entonces vino el dilema: ¿y ahora dónde ponemos a la Virgen?

La primera piedra y un siglo de silencio

Alfonso XII, que era un rey joven y con ganas de dejar huella, decidió que lo suyo era hacer algo grande. Algo a la altura de la capital del reino. Y qué mejor sitio que al lado del Palacio Real, su propia casa. Así que un 4 de abril de 1883, el rey colocó la primera piedra. Hubo fiesta, discursos, y seguramente mucho vino y muchas tapas por los bares de alrededor. Pero lo que vino después no fue tan rápido.

Las obras empezaron con mucha ilusión, pero pronto se encontraron con problemas. Primero, que el proyecto era demasiado ambicioso. Luego, que los dineros no llegaban. Después, que la Guerra Civil lo paró todo por completo. Durante décadas, la gente que pasaba por la Cuesta de la Vega veía aquellos muros a medio levantar, las columnas empezadas, las grúas oxidadas. Había madrileños que bromeaban diciendo que era la catedral con más reformas de la historia, y otros, los más mayores, suspiraban pensando que no la verían terminada.

Yo recuerdo haber ido de niño con mi padre a ver los restos de la muralla árabe, justo al lado de donde estaban construyendo la cripta. Esa parte sí que se terminó pronto, a principios del siglo XX, y siempre me ha parecido el rincón más especial de todo el conjunto. Bajar ahí, a esa capilla subterránea con sus arcos de piedra y sus columnas robustas, es como meterse en las entrañas de Madrid. Huele a humedad, a incienso, a historia verdadera. Y lo más bonito es que desde ahí abajo se ven los restos de la muralla original. Es decir, estás en una cripta del siglo XX, construida sobre los cimientos del siglo IX. Casi nada.

Por fin, una catedral para Madrid

Pasaron los años, pasaron los gobiernos, pasaron las modas y los estilos arquitectónicos. Lo que empezó siendo un proyecto neogótico, porque era lo que se llevaba a finales del XIX, acabó teniendo una fachada neoclásica para que hiciera juego con el Palacio. Por dentro, sin embargo, se mantuvo ese aire gótico de columnas altas y vidrieras de colores. Es un poco mestiza, la Almudena. Como Madrid mismo.

El día que por fin la terminaron fue 15 de junio de 1993. Y no vino cualquiera a inaugurarla. Vino Juan Pablo II, que por aquel entonces era ya un Papa viajero, con esa energía que tenía para estar en todos los sitios. Yo lo vi por televisión, y recuerdo que mi madre lloraba. No es que fuera especialmente creyente, pero decía que era como si la ciudad hubiera cerrado un círculo pendiente desde hacía demasiado tiempo. Había sido una espera de más de cien años. Cien años esperando una catedral.

A partir de ahí, la Almudena empezó a vivir su propia vida dentro de la vida de la ciudad. Ha visto bodas, como la de los Reyes, que fue un día de locos con la Plaza de Oriente llena de gente y banderas. Ha visto funerales, como el de las víctimas del 11-M, que partió el corazón a todo el país. Ha visto visitas de Papas, presidentes, artistas y peregrinos de medio mundo. Pero también ha visto, y esto es lo que más me gusta, a madrileños de a pie entrar a refugiarse del frío, a sentarse un rato en silencio, a encender una vela con una preocupación pequeña y cotidiana.

Lo que yo haría si fueras a visitarla ahora

Si me preguntas a mí, que llevo toda la vida viviendo aquí, te diría que no te limites a entrar y salir. La Almudena no es de esas catedrales que se ven en diez minutos. Tiene capillas laterales con historias pequeñas que merece la pena descubrir. Hay una, la del Santísimo, que siempre está en silencio, con una luz tenue que invita a quedarse. A veces hay gente rezando, otras veces simplemente están sentados, mirando al frente, cada uno con sus pensamientos.

También te recomiendo que mires hacia arriba. Las vidrieras no son antiguas, son modernas, pero cuando el sol de Madrid entra por ellas, el suelo se llena de colores que se mueven según pasan las horas. Es un espectáculo gratuito, de los mejores de la ciudad. Y si puedes, sube a la cúpula. Cuesta unos pocos euros, pero la vista merece cada céntimo. Ver Madrid desde ahí, con la sierra al fondo y el Palacio Real tan cerca que casi podrías tocarlo, es una de esas experiencias que no se olvidan.

Justo al salir, si el día acompaña, siéntate en los jardines de la Plaza de Oriente. Cómprate un bocadillo en cualquier sitio de los alrededores, siéntate en un banco y simplemente mira. Verás pasar turistas con mapas, familias con niños, jubilados paseando, parejas jóvenes. Y ella, la catedral, siempre al fondo, con esa mezcla de colores entre la piedra blanca y el cielo de Madrid.

Pequeños detalles para que no te pierdas

Por si te animas a hacer la visita, te cuento lo básico. La dirección es Calle de Bailén, 10, justo enfrente del Palacio Real. Puedes llegar en metro hasta Ópera, que es la parada más cómoda, y luego dar un paseo por la Plaza de Oriente. También te sirven los autobuses 3 y 148, que te dejan prácticamente en la puerta.

El horario es amplio, pero conviene mirarlo antes porque cambia un poco según la época del año. Por lo general, abren por la mañana y hasta media tarde, pero los domingos y festivos suelen cerrar un rato al mediodía. Lo mejor es echar un vistazo a la web oficial de la catedral para no llevarse sorpresas. La entrada normal es con un donativo voluntario de un euro, que ayuda al mantenimiento. La cripta, esa parte de abajo que te contaba, tiene horario independiente y suele estar abierta también por las tardes.

Si tienes tiempo, combina la visita con un paseo por los alrededores. Justo al lado tienes el Campo del Moro, los jardines del Palacio, que son gratis los miércoles y jueves por la tarde. Y si te gusta la historia militar, no te pierdas el cambio de guardia que hacemos en gratisenmadrid.com os contamos con detalle en otro artículo. Es un plan perfecto para una mañana de domingo.

Un lugar que parece de siempre

Lo bonito de la Almudena es que hoy nadie diría que llevamos tan poco tiempo con ella. Parece de toda la vida, como si siempre hubiera estado ahí, mirando al Palacio, vigilando la ciudad desde su posición privilegiada. Ha tardado en llegar, sí, pero a veces las cosas que más se esperan son las que más se disfrutan cuando por fin están.

Yo, cuando paso por delante, sobre todo al atardecer, cuando la luz se vuelve dorada y la piedra parece caliente, pienso en todos los que soñaron con verla terminada y no pudieron. En aquellos madrileños del siglo XIX que pusieron la primera piedra, en los del siglo XX que vieron las obras paradas durante décadas, en los que murieron pensando que no llegaría a tiempo. Y me alegro de que nosotros, los de ahora, sí podamos disfrutarla.

La Almudena es un poco la historia de Madrid resumida en piedra: lenta, perseverante, mezcla de estilos, con raíces antiguas y vocación de futuro. Y lo mejor de todo es que, para conocerla y quererla, no hace falta pagar nada. Solo pasear, entrar, mirar y dejarse llevar.

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