Voy a confesarte algo. Cuando pienso en el Teleférico de Madrid, me viene a la cabeza una foto borrosa de mi infancia. Mi padre sosteniéndome en brazos porque a mí, con cuatro años, las alturas me daban un respeto considerable. Recuerdo sus manos agarrando con fuerza la barra de la cabina mientras yo, medio escondido entre su cuello y su hombro, asomaba un ojo para ver cómo los árboles se quedaban abajo, cómo el río se volvía una cinta de plata y cómo Madrid, de repente, se convertía en un juguete diminuto.
Esa imagen la compartimos miles de madrileños. Porque el Teleférico no es solo una atracción turística de esas que salen en las guías. Es un pedazo de nuestra memoria colectiva. Es ese plan que hacían los abuelos con los nietos, esa primera cita en la que uno quería impresionar con las vistas, ese recurso desesperado de los padres cuando los niños ya no podían más en casa un domingo de lluvia.
Y ahora, si has llegado hasta aquí buscando cómo subirte, igual te has llevado un disgusto al leer las noticias. Sí, está cerrado. Lleva cerrado desde julio de 2023 y, según cuentan, no reabrirá hasta 2027. Pero no, no te vayas todavía. Porque justo de eso quiero hablarte: de lo que fue, de lo que será, y de cómo puedes seguir disfrutando de todo lo que hay alrededor sin que te cueste un solo euro.
La historia de un sueño que nació en los años 60

Para entender por qué este teleférico se nos ha metido tanto en el corazón, hay que remontarse a 1969. Madrid entonces era otra cosa. Era una ciudad que empezaba a estirarse, que se quitaba los trajes grises de la posguerra y miraba hacia Europa con ganas de modernidad. Y en ese contexto, alguien decidió que Madrid necesitaba un teleférico.
Pero la idea no era nueva. De hecho, el arquitecto Antonio Palacios, el mismo que diseñó el Círculo de Bellas Artes y el templete de la Gran Vía, ya había soñado décadas antes con un funicular que uniera Príncipe Pío con la Casa de Campo. Le gustaba esa idea de unir el centro con el gran pulmón verde de la ciudad. Pero entonces no pudo ser. La guerra, la posguerra, los años duros… todo eso lo retrasó.
Hasta que llegó 1968 y empezaron las obras. Una empresa suiza llamada Von Roll se encargó de construir el sistema, esos cables que luego sostendrían las cabinas durante más de medio siglo. Se dice que quisieron inaugurarlo en mayo, coincidiendo con las fiestas de San Isidro, pero los vecinos de las zonas por las que pasaba pusieron pegas. Les preocupaba que las cabinas se asomaran demasiado a sus casas, que invadieran su intimidad. Al final se llegó a un acuerdo, y el 20 de junio de 1969, el alcalde Arias Navarro lo inauguró oficialmente.
Aquel día, los madrileños hicieron cola durante horas. Algunos dicen que las colas llegaban hasta la cuesta de San Vicente. Había una emoción real, una ilusión por ver la ciudad desde arriba, por sentir ese vértigo controlado que te da la altura cuando sabes que estás seguro. Y la experiencia no defraudó. Once minutos de viaje, a esa velocidad pausada de 3,5 metros por segundo que permitía ir mirando, señalando, descubriendo.
Desde entonces, se calcula que más de ocho millones de personas han subido a esas cabinas. Ocho millones de historias. Ocho millones de momentos. Y si sumas los trayectos completos, son más de cinco millones de viajes. Números que a veces se nos quedan fríos, pero que en realidad esconden bodas, cumpleaños, despedidas de soltero, primeras veces y últimas despedidas.
¿Qué ha pasado? Por qué está cerrado y cuándo volverá
Llegó julio de 2023 y la noticia nos pilló por sorpresa a todos. De repente, el Teleférico cerraba. Al principio se habló de un problema en el cable principal, algo estructural que hacía peligroso seguir operando. Nadie quería correr riesgos. Y desde entonces, las cabinas se quedaron quietas, colgadas sobre el parque, como si el tiempo se hubiera detenido.
Al principio se habló de reparaciones rápidas. Luego se habló de una reforma en profundidad. Y ahora, lo que se sabe es que el Ayuntamiento ha decidido hacer las cosas bien, con mayúsculas. La inversión inicial rondaba los 15 millones de euros, pero las obras han ido creciendo y hoy se habla de más de 36 millones. Una barbaridad, sí, pero con un objetivo claro: que cuando vuelva a abrir, sea para quedarse otros cincuenta años, y con todas las garantías.
Las fechas, siendo sinceros, no son las que nos gustarían. Las últimas informaciones apuntan a 2027. Sé que parece una eternidad, sobre todo si has venido a Madrid con la ilusión de subirte. Pero yo prefiero verlo como una espera necesaria. Prefiero pensar en ese día en que volverán a poner en marcha los motores, las cabinas empezarán a moverse de nuevo, y los madrileños haremos otra cola inmensa, como aquella de 1969, para volver a sentirnos niños un rato.

El recorrido que nunca olvidarás
Aunque ahora no puedas subirte, merece la pena que te cuente cómo era el viaje. Porque cuando reabra, querrás hacerlo, y está bien ir conociendo de antemano lo que vas a encontrar.
Todo empezaba en la estación del paseo de Pintor Rosales, en el distrito de Moncloa. Una caseta blanca que a primera vista no dice mucho, pero que guarda en sus entrañas la maquinaria que hace funcionar todo. Subías, comprabas el billete (o sacabas la tarjeta de transporte, que también valía), y te colocabas en la fila esperando tu turno.
Las cabinas son de esas de toda la vida, de colores alegres, con capacidad para cuatro personas, aunque si ibas en grupo podían meter hasta seis si todos cabíais bien apretados. Entrabas, la puerta se cerraba con ese ruido metálico tan característico, y de repente sentías cómo el suelo se alejaba.
Los primeros segundos siempre eran los de la emoción contenida. Algunos se agarraban fuerte, otros sacaban ya el móvil para grabar. Las vistas empezaban con la rosaleda del Parque del Oeste. Si tenías la suerte de subir en primavera, veías desde arriba ese estallido de colores que es una de las cosas más bonitas que tiene Madrid. Luego, la estación de Príncipe Pío, con su historia de trenes antiguos, y al fondo, el Palacio Real y la Almudena imponiéndose en el horizonte.
Una de las partes que más me gustaba era cuando pasabas sobre el río Manzanares. No es que sea un río enorme, pero desde ahí arriba parece que va más despacio, que se toma su tiempo. Y luego, de repente, el verde. La Casa de Campo se abría bajo tus pies como una mancha inmensa que parece no tener fin. Saber que todo eso era de todos, que era un espacio público que había sido coto de caza de los reyes y que ahora podías recorrerlo a pie o en bici, le daba un sentido especial al viaje.
El final llegaba en el cerro Garabitas, una elevación dentro de la Casa de Campo que tiene su propia historia. Allí, durante la Guerra Civil, hubo posiciones republicanas. Desde ese cerro, los cañones apuntaban hacia la ciudad. Hoy, es un mirador tranquilo donde la gente se sienta a ver cómo se pone el sol mientras los aviones del cercanías pasan al fondo. La estación terminal está ahí, en la plaza de los Pasos Perdidos, un nombre que siempre me ha parecido muy poético para un lugar que es punto de llegada.
Un plan redondo que no te cuesta un euro
Y ahora viene lo bueno. Porque si algo tenemos los madrileños, es una obsesión sana por encontrar planes que no cuesten dinero. Y el entorno del Teleférico es uno de los mejores ejemplos. Te propongo que hagas tu propia ruta, que no te conformes con mirar las cabinas desde abajo, sino que vivas toda la experiencia sin pagar ni un euro.

Empieza en el Templo de Debod, que ya te adelanto que es de lo mejor que tenemos
A cinco minutos andando de la estación de Pintor Rosales está el Templo de Debod. ¿Sabes cómo llegó aquí un templo egipcio? Pues la historia es curiosa. En los años 60, Egipto iba a construir la presa de Asuán y muchos templos se iban a quedar bajo el agua. La UNESCO pidió ayuda internacional para salvarlos, y España colaboró. En agradecimiento, el gobierno egipcio donó este templo a nuestro país. Lo trajeron piedra a piedra, lo reconstruyeron aquí, y desde 1972 preside ese pequeño cerro con unas vistas que te dejan sin palabras.
Lo mejor de todo es que la entrada es gratuita. Puedes entrar a ver el interior, que es pequeño pero tiene su encanto, con alguna sala donde explican cómo fue todo el proceso de traslado. Pero lo que realmente merece la pena es ir al atardecer. Los madrileños tenemos esa costumbre de sentarnos en las escalinatas del Templo a ver cómo el sol se pone detrás de la Casa de Campo, cómo el cielo se tiñe de naranja y cómo el Palacio Real se va iluminando poco a poco. No te cuesta nada y es uno de los momentos más bonitos que puedes vivir en Madrid.
Puedes consultar los horarios de apertura en la página web oficial del Ayuntamiento, pero por lo general abren de martes a domingo desde las 10 de la mañana hasta las 7 u 8 de la tarde, según la época del año. Si quieres ir con toda la información, te dejo el enlace: https://www.esmadrid.com/informacion-turistica/templo-de-debod
El Parque del Oeste: ese pulmón que siempre está ahí
Justo antes de llegar a la estación del Teleférico, te encuentras con el Parque del Oeste. Es de esos sitios que a veces pasan desapercibidos porque estábamos acostumbrados a pasar de largo, pero que si te paras a recorrerlo, descubres rincones con mucho encanto. Hay un paseo central que sigue la antigua muralla de Felipe IV, árboles centenarios, fuentes de esas con chorros que en verano se convierten en el destino de todos los niños del barrio.
Pero lo mejor, sin duda, es la Rosaleda. No sé si alguna vez has visto 4.000 rosales juntos. Yo la primera vez que fui me quedé parado, porque no esperaba encontrar algo así en medio de Madrid. Tienen rosas de todos los colores, algunos con olores que te transportan a jardines de otras épocas. Y no solo eso: cada año organizan un concurso internacional de rosas nuevas. Parece una tontería, pero hay cultivadores que vienen de todo el mundo a presentar sus creaciones aquí.
Puedes pasear por sus senderos, sentarte en un banco a leer, o simplemente tumbarte en el césped si el día acompaña. Todo gratis, todo abierto. La dirección es Avenida de Valladolid, s/n, 28008 Madrid. Y si quieres echar un vistazo a la programación de la Rosaleda, aquí tienes el enlace: https://www.madrid.es/parquedeloste
Y al otro lado, la Casa de Campo, que es casi un país dentro de la ciudad
Cruzar el río, aunque ahora no puedas hacerlo por el aire, es fácil con el metro. Puedes bajar en la estación de Batán o en la de Lago, las dos en la Línea 10. Desde ahí, tienes dos opciones. La primera es caminar por los senderos de la Casa de Campo hasta llegar al cerro Garabitas, donde está la otra estación del teleférico. Son un par de kilómetros que se hacen en nada, rodeado de árboles y con el ruido de la ciudad quedándose atrás.
La segunda opción, que es mi favorita, es ir directo al lago. El lago de la Casa de Campo es un sitio que ha cambiado mucho en los últimos años. Antes estaba un poco abandonado, pero lo han remodelado, han puesto paseos perimetrales, bancos, zonas de césped. Es perfecto para llevar una manta, un bocadillo y pasar la tarde. Verás familias enteras con los niños correteando, parejas que se sientan a ver las barcas pasar, gente mayor que da la vuelta al lago como parte de su paseo diario.
Si quieres alquilar una barca, eso ya tiene coste, pero simplemente estar ahí, sentado en la orilla, no te cuesta nada. Y te aseguro que el ambiente que se respira es de esos que te reconcilian con la ciudad.
Para moverte por la Casa de Campo, te recomiendo que consultes los mapas y recorridos que tiene el Ayuntamiento en su página: https://www.madrid.es/casadecampo
Cómo llegar sin perderse
Aunque las cabinas no funcionen, llegar hasta aquí es sencillo. Para la zona de Pintor Rosales, lo mejor es el metro. Bájate en Argüelles, que tiene las líneas 3, 4 y 6. Sales, caminas hacia la calle Marqués de Urquijo, y en cinco minutos estás en la estación del teleférico. Si prefieres el autobús, las líneas 21 y 74 te dejan cerca. Y si eres de los que usan BiciMAD, el servicio público de bicicletas, la estación número 113 está justo al lado.
La dirección exacta por si quieres ponerla en el GPS es: Paseo del Pintor Rosales, s/n, 28008 Madrid.
Para la estación de la Casa de Campo, la dirección es Cerro Garabitas, s/n, 28011 Madrid. Como te decía, lo más cómodo es llegar con la línea 10 de metro a Batán o Lago, y desde allí caminar. Los dos kilómetros que separan la boca de metro de la estación son un paseo agradable que te permite ir entrando en calor y descubriendo el parque poco a poco.

Otros planes gratis por la zona mientras esperas
Lo bueno de esta parte de Madrid es que está llena de sitios que no cuestan dinero y que merecen mucho la pena. Si tienes tiempo, te propongo que alargues la ruta.
A unos diez minutos andando está el Palacio Real. La entrada no es gratuita para todo el mundo, pero si eres ciudadano de la Unión Europea o residente en España, puedes entrar gratis en determinados horarios. Normalmente son de lunes a jueves por la tarde, pero los horarios cambian según la temporada, así que mejor que consultes antes de ir. En su página oficial tienes toda la información: https://www.patrimonionacional.es/visita/palacio-real-de-madrid
Justo enfrente está la Catedral de la Almudena. La entrada a la nave principal es gratuita, solo te piden un donativo voluntario. Merece la pena entrar, aunque solo sea para ver la luz que entra por los vitrales y el contraste con la piedra. La cripta, que es de las partes más antiguas, también se puede visitar sin coste. Aquí tienes los horarios: https://catedraldelaalmudena.es
Y si te apetece algo diferente, puedes acercarte al Matadero Madrid, que está en el barrio de Arganzuela. Es un antiguo matadero que reconvirtieron en centro de creación contemporánea. La programación cultural suele ser gratuita, con exposiciones, conciertos al aire libre en verano, mercados de diseño… Es un sitio con mucha vida, especialmente los fines de semana. La dirección es Plaza de Legazpi, 8. Y aquí tienes su web para ver qué hay: https://www.mataderomadrid.org
Y cuando vuelva, será mejor que nunca
Miro hacia adelante y me imagino ese día. Seguramente habrá una cola enorme, como aquella de 1969. La gente querrá ser de los primeros en subir. Y yo estaré ahí, probablemente con mis hijos, que aún no han tenido la oportunidad de ver Madrid desde las cabinas. Les contaré que su abuelo me llevaba a mí, que me agarraba fuerte, que me señalaba los sitios. Y ellos quizás también sientan ese vértigo mezclado con emoción, esa sensación de que, por unos minutos, la ciudad les pertenece.
Porque al final, el Teleférico es eso. Es un recuerdo que se hereda, un lugar donde las generaciones se encuentran. Y aunque ahora esté en obras, aunque tengamos que esperar un poco más, cuando vuelva a abrir sus puertas, estoy seguro de que valdrá la pena. Será más seguro, más moderno, más accesible. Pero seguirá siendo el mismo, ese que nos lleva por encima de los árboles, por encima del río, por encima de todo ese ruido que a veces nos agobia cuando andamos por la calle.
Así que si estabas planeando venir a Madrid con la ilusión de subirte, no cambies tus planes. Ven igual. Recorre sus parques, siéntate en las escaleras del Templo de Debod al atardecer, pasea por la Rosaleda, haz un picnic en la Casa de Campo. Todo eso es gratis y es tanto Madrid como el propio teleférico. Y quién sabe, igual cuando vuelvas, dentro de un tiempo, ya estará funcionando de nuevo, esperándote con sus cabinas de colores para regalarte esa vista que nunca se olvida.
Porque Madrid, como el Teleférico, siempre acaba encontrando la manera de sorprenderte. Solo hay que saber mirar hacia arriba.




