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Parque del Cerro del Tío Pío: El secreto mejor guardado de Vallecas que te robará el aliento

Mira, voy a serte sincero. Llevo toda la vida viviendo en Madrid y, hasta hace bien poco, era de esos que pensaban que los mejores atardeceres de la capital estaban reservados para los que podían permitirse una terraza con vistas en la azotea de algún hotel de Gran Vía. Qué equivocado estaba. Déjame que te hable de un lugar que me hizo tragarme mis palabras y, de paso, me recordó por qué esta ciudad es tan jodidamente especial.

El Parque del Cerro del Tío Pío. Sí, ya sé que el nombre no es precisamente poético. Y si vas y preguntas por él a algún vecino de toda la vida, probablemente te suelte con una sonrisa pícara eso de «ah, querrás ir a las Siete Tetas». No te ofendas, es el mote cariñoso con el que todo el mundo conoce a este mirador privilegiado, y tiene su gracia cuando descubres el porqué.

Un cerro con pasado de trincheras

Vamos a situarnos. Estamos en Puente de Vallecas, un barrio con más verdad que la mayoría de los que salen en las guías turísticas. Aquí no hay tiendas de souvenirs ni restaurantes de esos con la carta en cuatro idiomas. Lo que hay es vida, de la de verdad, de la que se respira en cada esquina.

El cerro, con sus siete colinas características, esconde una historia que pocos conocen. Durante la Guerra Civil, este punto estratégico al sureste de Madrid se convirtió en una posición defensiva fundamental. Las baterías antiaéreas se instalaron aquí para proteger la ciudad de los bombardeos, y los movimientos de tierra de aquella época son los que terminaron de moldear esas lomas que hoy vemos cubiertas de césped. La próxima vez que subas una de esas cuestas, piensa que bajo tus pies hay décadas de historia, de gente que miró al mismo horizonte pero con miedo en el cuerpo, no con la emoción de quien busca un atardecer bonito para el Instagram.

Con los años, lo que fue escenario de guerra se transformó en un espacio de paz. El ayuntamiento hizo lo suyo, claro: puso bancos, farolas, zonas de juegos infantiles, caminos decentes para pasear. Pero lo bueno es que no intentaron alisar el terreno ni hacerlo «bonito» de manera artificial. Respetaron esa personalidad accidentada, y gracias a eso hoy tenemos un parque con carácter, de esos que te hacen trabajar un poco las piernas mientras paseas.

El momento en que entiendes por qué la gente sube aquí cada tarde

Vale, te he hablado de historia, de geografía, de barrio. Pero vamos a lo que importa. Vamos a lo que hace que este lugar tenga colas para sentarse en según qué bancos a partir de las siete de la tarde.

Subes la última cuesta, esa que siempre parece más empinada de lo que recordabas, y entonces levantas la cabeza. Y te quedas callado. Pasa siempre. Da igual que hayas visto mil fotos en internet, da igual que tus amigos te hayan hablado maravillas. El primer impacto visual es de los que cortan la respiración.

Madrid entero se despliega ante ti. No es una exageración. Ahí abajo, como un tablero gigante, ves el skyline completo de la ciudad. Los rascacielos de Cuatro Torres, sí, pero también las cúpulas históricas, la mole del Palacio Real, la torre de la Catedral de la Almudena, el edificio España, Gran Vía recortándose contra el cielo. Y al fondo, cuando el día está despejado, la silueta de la sierra de Guadarrama, todavía con nieve en los picos si es invierno.

Pero espera. Espera a que empiece a caer el sol.

El ritual del atardecer

Hay algo casi sagrado en cómo se vive el ocaso aquí. Llega un momento, sobre todo en primavera y verano, en que la cosa se llena. Familias enteras con la merienda, parejas que se sientan muy juntitas en cualquier trocito de césped, grupos de amigos con latas de cerveza y altavoces portátiles, guiris con la guía en la mano que han descubierto el chivatazo, algún que otro fotógrafo con un equipo que vale un pastón.

Y entonces el cielo empieza a hacer de las suyas.

No hay dos atardeceres iguales. Te lo digo yo, que he ido decenas de veces. Hay días en que el sol se despide con tonos naranjas y rosas, de esos que parecen sacados de una película de Wes Anderson. Otros días se vuelve dramático, con rojos intensos y nubes que se recortan como siluetas. Y algunos atardeceres son más sutiles, con luces suaves que tiñen todo de dorado mientras la ciudad empieza a encender sus primeras luces.

El otro día fui con mi sobrino pequeño, que no paraba de preguntar «¿ya llega? ¿ya llega?». Cuando el sol empezó a esconderse detrás de los rascacielos, el crío se quedó tan callado que hasta me preocupé. Luego soltó: «Tío, parece que Madrid se está despidiendo hasta mañana». Y es eso exactamente. Es como si la ciudad, desde su posición de gigante de piedra y cristal, nos dijera «buenas noches» de la manera más bonita posible.

Un parque para vivirlo, no solo para verlo

Porque ojo, que el Cerro del Tío Pío no es solo un mirador. Es un parque de los de verdad, de los que están hechos para disfrutarse durante el día también.

Los sábados por la mañana te encuentras a los grupos de running subiendo y bajando las cuestas como si nada, con esa mezcla de sufrimiento y satisfacción en la cara. Hay quien viene con la esterilla a hacer yoga en lo alto de una de las colinas, buscando esa paz que en el centro de Madrid es misión imposible. Las familias con niños pequeños ocupan las zonas de juegos y las praderas, y no es raro ver cumpleaños improvisados con tarta incluida.

Hay algo bonito en cómo el barrio ha hecho suyo este espacio. No es un parque de postal, de esos que visitas y ya está. Es un lugar vivo, con sus ruidos, sus olores, su personalidad. Huele a césped recién cortado cuando toca mantenimiento, a las tortillas que alguna familia saca para merendar, a la tierra mojada cuando cae la primera tormenta.

El picnic perfecto

Y ya que hablamos de merendar, te voy a dar un consejo de amigo. Si vienes al atardecer, hazte un picnic. No hace falta nada del otro mundo. Un buen pan de barra, un poco de queso, unas aceitunas, una tortilla si eres de los que se atreven a hacerla, y algo para beber. Puedes comprar todo por el barrio antes de subir, en alguno de los supermercados o tiendas de alimentación de la Avenida de la Albufera.

Lo de beber, eso sí, con responsabilidad. Y por favor, recoge luego. Nada estropea más un atardecer que ver botellas y bolsas tiradas. Los vecinos de Vallecas cuidan su cerro, y como visitante toca hacer lo mismo.

Cómo llegar sin perderse (que tampoco es tan difícil)

Vale, tienes ganas de ir. Te entiendo. Pero igual te preguntas cómo se llega a este paraíso escondido. Tranquilo, que no tiene pérdida, aunque esté un poco apartado del circuito turístico tradicional.

En metro

La opción más cómoda. Bajarte en Buenos Aires, línea 1, la rosa. Sales y caminas unos diez minutitos calle Monte Perdido arriba. También puedes usar Portazgo o Alto del Arenal, pero Buenos Aires es la más directa.

En autobús

Las líneas 10, 24, 37, 54, 57, 103, 111, 144 y 310 te dejan cerca. La app de la EMT funciona bien para consultar horarios, aunque con la frecuencia que tienen en Vallecas, rara vez esperas más de diez minutos.

Andando

Si te alojas por el centro, igual es mucho paseo, pero si andas por la zona sur o este, puedes animarte a ir andando y aprovechar para conocer el barrio. Desde la estación de Atocha, por ejemplo, igual te echas unos cuarenta minutos, pero es un paseo interesante que te muestra otra cara de Madrid.

En bici

Hay carriles bici por la zona, y el parque tiene acceso fácil. Puedes dejarla en los aparcabicis que hay en las entradas, pero no te confíes, lleva un buen candado.

Lo que tienes que saber antes de ir (cosas prácticas, pero importantes)

Vamos con los detalles que marcan la diferencia entre una visita normal y una visita memorable.

El momento justo. En verano, el sol se pone tarde, sobre las nueve y media o diez. Llega con tiempo, al menos media hora antes, para encontrar un buen sitio. En invierno, la cosa cambia, a las seis ya está anocheciendo, así que organiza tu tarde.

El viento. En lo alto del cerro corre el aire, sobre todo al atardecer. Lleva una chaqueta o sudadera, aunque el día haya sido caluroso. Te lo agradecerá el cuerpo cuando caiga la noche.

La cámara. Obligatoria. Da igual que sea una réflex profesional o el móvil de gama media. Vas a querer guardar ese momento. Pero no te pases toda la tarde mirando por la pantalla. De vez en cuando, guarda el teléfono y simplemente mira. Respira. Escucha. El ruido de la ciudad abajo, las risas de la gente alrededor, algún pájaro rezagado. Eso no se captura con ninguna cámara.

Los bancos. Tienen los mejores sitios, claro. Pero si ves que están ocupados, el césped es igual de bueno, más cómodo incluso. Eso sí, si ha llovido recientemente, igual prefieres el banco.

Más allá del atardecer: qué hacer en los alrededores

Si vienes de lejos, igual te apetece completar el plan con algo más. El barrio de Vallecas tiene su aquel. Puedes bajar del cerro y acercarte a la Avenida de la Albufera, llena de bares y restaurantes con solera.

Para tapear, cualquiera de los bares de toda la vida te sirve un buen vermut con algo de picar. Y si buscas algo más contundente, hay restaurantes con menús del día muy decentes a precios que no te arruinarán. Pregunta a la gente del barrio, que son majísimos y te recomendarán bien.

Si te va el plan cultural, el centro cultural Pilar Miró suele tener actividades interesantes, y merece la pena echar un vistazo a su programación. O simplemente perderte por las calles del barrio, con ese ambiente de ciudad dentro de la ciudad que tienen los distritos del sur.

Un sitio para cada momento

Lo bonito del Cerro del Tío Pío es que se adapta a lo que busques. ¿Es un plan romántico? Sí, de los que funcionan, de los que no necesitan grandes gestos ni cenas caras. Trae a esa persona especial, una manta, algo de cenar y el atardecer. El resto lo pone el lugar.

¿Es un plan en familia? También. Los niños corren por las lomas como si fueran montañas en miniatura, se tiran por el césped, juegan sin parar. Y al final, todos juntos viendo cómo el sol se despide, es de esos recuerdos que se quedan.

¿Es un plan con amigos? Por supuesto. Quedas con la panda, cada uno trae algo, y pasas la tarde charlando, riendo, viendo la vida pasar mientras la ciudad se enciende abajo.

¿Es un plan en solitario? Sin duda. A veces lo que necesitas es sentarte en un banco, con tus pensamientos, y dejar que el horizonte te ayude a poner las cosas en orden. Madrid, desde aquí arriba, parece más manejable, más tuya.

Por qué este cerro debería estar en tu lista

Te lo digo con el corazón. He viajado, he visto atardeceres en sitios que salen en las revistas, he pagado por terrazas con vistas. Y pocas veces he sentido lo que siento cada vez que subo a este cerro. Porque aquí no hay postureo, no hay filtros, no hay pretensiones. Hay verdad. Hay una ciudad que se muestra sin disfraces, hay un barrio que ha hecho de este lugar su salón particular, hay gente de todas partes compartiendo el mismo momento sin hablar el mismo idioma.

Y es gratis. Totalmente gratis. Como tantas cosas buenas de Madrid, como tantos planes que intentamos contarte en gratisenmadrid.com. Porque lo valioso no siempre cuesta dinero. A veces solo cuesta un poco de esfuerzo para subir una cuesta, unas ganas de mirar hacia arriba, y la disposición a dejarte sorprender.

El Parque del Cerro del Tío Pío, o de las Siete Tetas, como prefieras llamarlo, es un recordatorio de que Madrid nunca deja de sorprender. Que siempre hay un rincón nuevo, una vista diferente, una perspectiva que no habías considerado. Y que los mejores planes, los que de verdad merecen la pena, suelen estar donde menos te lo esperas.

Así que ya sabes. La próxima vez que el sol empiece a caer, mira hacia Vallecas. Allí arriba, en ese cerro con nombre peculiar, hay cientos de personas disfrutando del mismo espectáculo. Y te están esperando.

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